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sábado, 13 de enero de 2018

El significado de la ballena en la cultura


El mar ha sido utilizado tanto en las culturas indígenas como en la reutilización de las creencias ancestrales -como la lectura de sueños - para referirse al conjunto de emociones y sentimientos que se encuentran desde la superficie, hasta los que se encuentran en las profundidades. Es de esta simbolización que estos intérpretes, se sostienen para relacionar al cetáceo con aquellas emociones ocultas y que rara vez se dejan mostrar, pero que no dejan de estar presente en nuestro día a día. Es así que  ya desde tiempos pretéritos, la ballena tuvo connotaciones malignas tanto en la mitología como en la religión cristiana. Ejemplos como el cetus o también llamado aspidochelone – bestia también ilustrada como una tortuga gigante- nos muestra cómo la inmensidad de este animal era asociado a la muerte del marino extraviado en el mar. Se dice, que cuando este animal reposa en la superficie de las aguas, viajeros extraviados desembarcan en su lomo o caparazón creyendo que se encuentran en una especie de isla, estos ilusos, prenden fuego para refugiarse hasta que el inmenso animal se sumerge y ahoga a toda la tripulación al sentir el calor de las llamas. Es pertinente recalcar que este mito ha sido reproducido en otros textos como las aventuras de Simbad o dentro de los viajes a la India realizados por Alejandro Magno, inclusive en periodos de la colonia donde el monje irlandés San Brandán es protagonista de la misma historia. El mismo cristianismo interpreta su historia en el bestiario, diciendo que el diablo atrae a los ilusos a la muerte a través de una falsa promesa de salvación. Otra de las manifestaciones de este animal, alude a su capacidad de embelesar a través del aroma a muchos peces jóvenes a los cuales embulle de una sola vez al presentarse la oportunidad, mientras que los peces viejos se mantienen alejados del peligro gracias a la sabiduría que poseen, es decir, otra forma de apuntar a la inexperiencia e ilusión como vía de la perdición.



También no olvidemos las múltiples historias que aluden al vientre de la ballena, como la bíblica de Jonás, en el que el protagonista es condenado por Dios al desobedecer su mandato, por lo que es devorado, y hasta que se redime a través de la oración, es liberado al tercer día en la costa. Si desconstruímos entones este tópico literario, obviamente se entiende a la ballena como vía a la muerte, al inframundo; en donde su colosal interior alude a lo desconocido tras el deceso, acordémonos que Jesús revive al tercer día, al igual que Jonás. El mismo esquema es reconstruido en versiones más actuales como la de Jack Sparrow, aunque tragado por el Kraken, también reitera el tema de ser engullido por una bestia descomunal y llegar a la muerte. También en una historia antecesora, la de Pinocho, quien realiza el mismo viaje de Jonás aunándolo con la isla ballena: la traición o caída en el mal, el ser devorado o muerto por el inmenso animal, corregir el camino a través de la redención y el renacimiento del hombre nuevo; aunque en el contexto del malévolo juego y como recordatorio de la cruel realidad, el último paso de renacer, nunca pasará.





   El hombre medieval siempre tuvo la necesidad de explicar lo que no podía comprender a través de alegorías sobre una realidad superior en su vida común. De todas formas la religión siempre ha sido y será el actor y director de muchas de nuestras creencias, inclusive de los más escépticos. 

viernes, 12 de enero de 2018

El origen de los Blemios o acéfalos.


Dentro del periodo medieval, desde el siglo V al XV, el hombre comprendió el mundo a través del miedo y el morbo hacia lo exótico y desconocido. Esta forma de amar, lo diferente, nace a través del miedo que las enseñanzas eclesiásticas infundían en el creyente analfabeto. Es en este sentido que el acéfalo adquiere su fama.



  El acéfalo, o también llamado Blemia, (Blemios, Blemmyos, Blemmyes, Blemmyaes, Blemmytas, Blemmies, Blemiis, Blemies, Blembi, Bilemni o Bleminges) cuando fueron asociados al pueblo africano de los Blemios debido a la reutilización de materiales de la cultura clásica, como la Chorografía, Pomponio Mela o los Collectantes de Mirabilis Mundi de Solino. Son una raza mitológica de hombres sin cabeza de la tradición romana, que tienen los ojos en los hombros y la boca en el tórax, y que tienen sus homónimos en Grecia (epistigi), China (sing. t´ien), Sudamérica (ewaipanonas) o el Caribe (chiparemis). Su procedencia oral proviene de Ctesias de Cnido, un médico griego que en siglo V a.C. que trabajó para el rey persa Artajerjes, el que explicó a sus compatriotas las maravillas que había visto en la lejana India. Posteriormente Plinio el viejo los incorpora a su Historia Natural en el mismo siglo, donde asocia diversos pueblos fantásticos como los Gampasantes, Gotapans o Himantopodas, al continente africano describiéndolos como “Blemmyes traduntur capita abesse, ore et oculis pectore adfixis” ”Blemias, que no tienen cabeza y tienen la boca y los ojos en el pecho”.

Según el antropólogo Eugen Strouhal, el yelmo o máscara de mimbre y el escudo oval que cubría desde la nariz hasta las rodillas “vestimentas encontradas por arqueólogos en la localidad de Qasr Ibrim en África” confundieron a los visitantes al ser vistos desde la distancia, dando la impresión de no tener cabeza, provocando una pareidolia facial que ubicaba los ojos y boca en su pecho.

La visión de las blemias en el periodo medieval.

En el periodo medieval, el antropomorfo es utilizado profusamente por los cristianos para demonizar a los paganos. Autores como Agustín de Hipona en su “La ciudad de Dios” y Cosmas Indicopleustes en su “Tipografía cristiana”, describen sus rasgos físicos. Cosmas además los clasifica en “unos con boca y ojos en el pecho y otros con los ojos en los hombros”. Cuando se propagó la imagen de los Blemios hacia la India debido su confusión con Etiopía y por la aparición de textos aceptados como reales. ( como La Leyenda de Santo Tomás o el Reino del Preste Juan), el escritor inglés Jean de Mandeville en su libro Maravillas del mundo en 1356, agrega dos formas diferentes provenientes de esta localidad. «En otra isla, hacia la mitad, habitan gentes de fea estatura y de mala naturaleza, que no tienen cabeza y tienen los ojos en la espalda, y la boca, torcida como una herradura, en medio de los pechos. En otra isla, hay numerosas gentes sin cabeza, y que tiene los ojos y la cabeza en la espalda».

También su extensión llegó a las zonas limítrofes de la Cristiandad, como Rusia e Islandia, en donde se presentó un manuscrito que presenta dos variantes de acéfalos, Uno sin cabeza, pero con cuello, y los ojos en el pecho; otro con una cabeza que parece formar parte del tronco. Otra obra parecida en castellano escrita en el siglo XIV (Llamada Libro del conoscimiento de todos los reinos e tierras e señoríos que son por el mundo, e de las señales e armas que han cada tierra e señorío por se de los reyes e señores que los proveen.) nos habla de los Blemias o Cíclopes de Noruega, “gentes que han las cabezas en los cuellos”. En este periodo, también se suscitó la controversia de si ¿eran bestias u hombres? A lo que San Agustín de Aquino dijo: “todas las razas monstruosas, hombres sin cabeza -o con la cabeza equivocada- incluidos, o bien no existen o, si existen, son hijos de Adán y participan de la naturaleza humana tanto como nosotros.” Postulado que San Isidoro suscribió en el libro XI de sus etimologías.



La visión de las blemias en el periodo renacentista.

En el Renacimiento, la creencia de hombres acéfalos se multiplica en Europa, en cambio en América, muchos de los mitos antes asociados a África o Asia son asimilados. En el primer caso, aparecen noticias que refieren a la existencia de «un niño sin cabeza que tenía los ojos y la boca en el pecho», Historia proveniente de Leiden, el 15 de agosto de 1514. Entre las fuentes anglosajonas que trasladan la existencia de los Blemias a América, se pueden destacar Los Viajes de Hakluyt, que alude al río y territorio de Gaora o Caora, habitado por hombres que se ajustan a la imagen de los Blemias de Plinio, o a los habitantes de la Guayana descritos por Walter Raleigh, que aparecen con el nombre de Ewaipainoma.


Por último, la imagen de los Blemias como seres realmente existentes empieza a decaer en el siglo XVIII, cuando son relegados, junto con otros seres míticos, al catálogo de figuras fantásticas, pero aún se siguen utilizando en textos literarios y enciclopédicos posteriores.





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